Agua micelar – Higiene para el rostro

Texto: Jesús Chicón

Bueno! ¡Se acabó lo bueno! Se terminó el verano, con su sol, su calor, sus atascos, sus días de niños sin colegio… ¡No sé, no sé! No sé si finalizó lo bueno o realmente comienza. Lo que en cualquier caso es cierto es que septiembre es una vuelta a la normalidad: clases, trabajos, horarios, rutinas… Es decir, es una vuelta al orden.

Un orden necesario. Que nos da tranquilidad. Nos relaja. Nos hace sentirnos seguros. Subidos a una dinámica que conocemos porque la llevamos repitiendo mucho tiempo. Algo parecido ocurre con nuestra piel. El verano “la desordena”. Después de la edad biológica, es decir, de los años que tengamos, el sol es el factor que más contribuye al envejecimiento cutáneo. Así el verano se presenta como la época del año más “castigadora” con nuestra piel: la deshidrata, la reseca, la oscurece, la hace más gruesa… Es tan intenso el estímulo solar durante esta estación que provoca una reacción masiva de nuestros mecanismos de defensa natural frente al sol.

Todo esto concluye en una piel desestructurada, con discromías (manchas y cambios de color), engrosada, hiperqueratósica (aumento de la capa córnea, que es la capa más superficial), llena de células envejecidas y, en ocasiones, con pequeñas lesiones (pecas, “granitos” y/o “bultitos”) que antes no existían. Por todo esto es por lo que el otoño ha de convertirse en una época de reordenar, al igual que en nuestra vida personal, nuestra piel.

Pero esto…¿cómo se hace? ¡Muy fácil! Lo más importante es, como todo en la vida, comenzar con una buena limpieza e higiene facial. Lógicamente antes de ordenar y estructurar hay que quitar el desorden existente. En este punto yo diferenciaría dos tipos de limpieza e higiene distintos, ¡pero complementarios! Por un lado estarían los tratamientos que nos pueden ofrecer los profesionales de los centros estéticos. Cada vez hay más centros que trabajan con líneas de productos  naturales, biológicos y/o ecológicos. En esta línea sería ideal que nos realizaran varias sesiones de peelings con beta hidroxiácidos, mascarillas de algas y arcillas, tratamientos con ozono (tres moléculas de oxigeno que aportan un grado máximo a nuestra respiración celular)…

Por otro lado estarían los tratamientos domiciliarios que debemos llevar en casa de manera diaria, y que complementan perfectamente a los anteriores. Dentro de los tratamientos domiciliarios,  clásicamente se usan leches, tónicos, aceites desmaquillantes, jabones… Este tipo de productos son, y seguirán siendo siempre, una referencia dentro de la limpieza facial. Ahora hay laboratorios que ofrecen este tipo de productos 100% BIO. ¡Sería fantástico poder limpiar nuestra piel sin aportar ninguna sustancia química (tóxica) a cambio! El ejemplo más paradigmático lo tenemos en el lauril sulfato sódico de muchas de estas sustancias limpiadoras. Es un potente detergente pero muy irritante. Ya hay marcas cuyos jabones no poseen este ingrediente en su composición.

Curiosamente estamos siendo testigos del retorno en el ciclo del uso de sustancias limpiadoras. Antiguamente, antes de la existencia de leches y tónicos, se usaban las aguas como principal elemento de limpieza (de hecho sigue siendo así: nos lavamos la cara con agua, el principal componente de las leches y los tónicos es el agua…). Si, además, el agua tenía alguna característica especial (termal, azufrada…) las condiciones de limpieza se volvían mucho más interesantes que la del agua corriente (corriente porque se lavaban con el agua de la corriente de los arroyos y ríos).

Pero además, hay algo novedoso, que está revolucionando el tema de la limpieza facial. Han aparecido una serie de aguas, especialmente diseñadas para potenciar el efecto desincrustante de moléculas, clásicamente, difíciles de limpiar. Estamos hablando de las aguas micelares. Las micelas son estructuras esféricas con una parte externa afín al agua y una interna con afinidad a la grasa y a las impurezas. Estas quedan atrapadas en el interior de la micela y son eliminadas sin dañar la piel. Las aguas micelares son aguas compuestas por micelas. Las micelas son unas estructuras esféricas con una parte externa con afinidad por el agua (lo que le permite “viajar” en el agua, que es el principal componente del producto), y una parte interna con afinidad por la grasa, impurezas, maquillaje…

De este modo dichas sustancias quedan literalmente “atrapadas” dentro de la micela, y ésta viaja suspendida en una sustancia acuosa. Es así como con una sustancia nada agresiva para nuestra piel (el agua) podemos arrancar impurezas. De no utilizar micelas, deberíamos recurrir a sustancias con alto poder desincrustante pero alta toxicidad (detergentes, jabones…). Lo ideal sería, para sintetizar lo expuesto hasta ahora, que el agua con el que estuviera hecha esa agua micelar, tuviese algún valor añadido. Por ejemplo, que se tratara de agua termal. Así obtendríamos una serie de beneficios: limpiamos, tonificamos e hidratamos y, en el mismo gesto, estaríamos aportando todos los beneficios del agua termal (y otras sustancias que podría llevar añadidas dicho agua). Son multitud las clientas que me cuentan que utilizan el agua termal para su higiene diaria.

Desde un punto de vista práctico, con un producto de estas características tendríamos un limpiador que encaja perfectamente en nuestra apresurada vida: nos permite una limpieza profunda y rápida, natural, nada agresiva ni tóxica (ideal para pieles sensibles), apta para pieles secas, mixtas y grasas, y para todo tipo de personas (desde la que no usa maquillaje hasta la que le gusta maquillarse algo más). No dejéis de recuperar vuestra piel después del verano. ¡Ella lo necesita! Y, nos guste o no, nuestra piel, nuestro rostro es nuestra primera carta de  presentación. No la más importante, pero sí la primera.

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